Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Aunque todos diferían mucho en aspecto y modales, formaban allí, agachados en fila, una hilera curiosamente uniforme, automática y silenciosa, hasta el extremo de que a quien de lejos los viera habrían podido parecerle una manada de gansos. Caminando encorvados a los efectos del espulgo, reflejaban en sus rostros sombríos el tenue fulgor amarillento de los ranúnculos que les daban un aspecto fantástico, bañándolos en luz de luna, aunque el sol les caía a raudales por la espalda con todo el vigor del mediodía.

Ángel, que compartía solícito con los demás todas las tareas, levantaba la mirada de vez en cuando. Iba, y no por casualidad, al lado de Tess.

—¿Y qué tal? ¿Cómo vamos? —le preguntó una vez.

—Muy bien, gracias, señor —le replicó la joven un tanto huraña.

Aquel estudiado preámbulo al palique era un tanto superfluo, porque no hacía media hora que habían estado hablando de muchas cuestiones personales. Mas no llegaron a trabar conversación entonces, sino que continuaron avanzando; el vuelo de la falda de Tess le daba en la polaina al muchacho, y sus codos se rozaban a menudo. Hasta que al fin se cansó del espulgo el lechero, que caminaba a su lado.


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