Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Por mi vida, que de tanto andar agachado se me va a partir la espalda! —exclamó, estirándose despacio con cara dolorida hasta lograr enderezarse—. Y usted, mocita, que no estaba muy bien hace dos días, menuda jaqueca va a tener. Si se siente mal, déjelo, y éstos continuarán.
Se retiró el lechero y a poco Tess se retiró también. Luego se apartó Ángel de la fila, dedicándose a explorar él solo el terreno. No bien le sintió Tess junto a ella cuando, nerviosa por lo que oyera la noche anterior, fue la primera en hablar.
—¿Verdad que están muy guapas? —dijo.
—¿Quiénes?
—Pues Izz Huett y Retty.
Tess había decidido, tras profundas reflexiones, que cualquiera de las dos muchachas había de ser buena esposa para un agricultor, y que ella debía ponderárselas, tratando de oscurecer sus propios méritos.
—Sí…, no son feas…, tienen mucha lozanía. Ya lo he notado.
—Aunque a las pobrecillas no ha de durarles mucho su hermosura.
—No, por desgracia, no.
—Son muy a propósito para una lechería.
—Sí, pero no mejores que usted.
—Saben desnatar mejor que yo.
—¿Sí?