Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Pasadas las lluvias, se habían secado ya mesetas y colinas. Las ruedas del carro de la vaquería, cuando corría de vuelta del mercado, removían la polvorienta superficie de la carretera, dejando tras de sí blancas cintas de polvo, cual si los viajeros hubieran vertido a su paso un reguero de pólvora inflamada. Las vacas saltaban desmandadas por los portones del tinado, enloquecidas por los tábanos; el ganadero Crick permanecía en mangas de camisa desde el lunes al sábado; por más que se abrieran las ventanas no se activaba en lo más mínimo la circulación, y en el jardín de la granja mirlos y zorzales se arrastraban por debajo de la maleza rastrera, más como cuadrúpedos que como seres alados. Por todas partes, en la cocina, en las demás habitaciones, por el suelo, las paredes y el techo y hasta por los cajones de las mesas andaban las moscas, tenaces y pesadas, posándose hasta en las manos mismas de las mozas. Todas las conversaciones versaban sobre la insolación, mientras se resentía la elaboración de manteca y todavía más su conservación.







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