Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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El ordeño se hacía en los prados, buscando la frescura y comodidad y también con objeto de ahorrarse el trabajo de encerrar a las vacas. Durante el día seguían los animales con toda fidelidad la sombra del árbol más pequeño, según iba dando vueltas a su alrededor, con el giro diurno, y cuando iban las mozas a ordeñarlas apenas si podían estarse quietas las pobres vacas ante el asedio de las moscas.

Una de aquellas tardes acertaron a encontrarse separadas de las demás, junto a la esquina del seto, cuatro o cinco vacas todavía no ordeñadas, de cuyo número eran Escandalosa y La Vieja, que preferían las manos de Tess a las de todas las demás muchachas. Al dejar ella su taburete luego de ordeñar una vaca, Ángel, que llevaba algún tiempo observándola, le preguntó si se proponía ordeñar a renglón seguido a los animales mencionados. Asintió ella en silencio, y llevando el taburete en una mano y sujetando la colodra contra su cadera, se encaminó al lugar donde estaban las vacas. No tardó en oírse el gorgoteo de la leche de La Vieja al caer en la colodra, y habiéndolo oído Ángel desde el otro lado del seto, dobló también la esquina a fin de proceder al ordeño de cierta vaca díscola que por allí vagaba, pues ya era él tan diestro como el propio señor Crick.


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