Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Era costumbre casi general de mozos y mozas hincar la frente al ordeñar en el cuerpo de la vaca y mirar al fondo de la colodra. Mas algunas, principalmente las más jóvenes, no pegaban así la cabeza. Tess Durbeyfield apoyaba ligeramente una de las sienes en el vientre del animal y fijaba sus ojos en la verde lejanía del prado con la plácida actitud de quien se entrega a la meditación. Así estaba ordeñando ahora a La Vieja, y el sol que llegaba por el lado del ordeño le caía de lleno sobre el cuerpo, vestido de rosa, y la blanca gorra de visera, haciendo que su perfil resaltase con toda precisión, cual un camafeo, recortado sobre el fondo oscuro de la vaca.

No sabía Tess que Clare la había seguido y que estaba allí contemplándola a ella mientras ordeñaba a su vaca. Era notable la inmovilidad de la cabeza y las facciones de la muchacha; se hubiera dicho que estaba privada de conocimiento, con los ojos muy abiertos y sin ver. Nada se movía en aquel cuadro, como no fuera el rabo de La Vieja y las sonrosadas manos de Tess, estas últimas con mucha suavidad, como si fueran sólo el ritmo de una pulsación, cual si obedecieran a un impulso reflejo, como un corazón palpitante.




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