Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Asà estaban las cosas cuando abrió Tess la puerta y se quedó parada en el umbral contemplando la escena con expresión de amargura inefable. Qué diferencia habÃa entre aquella alegrÃa del campo que acababa de dejar —trajes blancos, ramos de flores, varitas de sauce, giros de danzas sobre el verde, el destello de dulce simpatÃa por el forastero— y la melancolÃa de aquel espectáculo débilmente alumbrado por una sola vela. Aparte del desgarrón del contraste, heló a la joven un escalofrÃo de Ãntimo reproche por no haber vuelto más pronto a ayudar a su madre en aquellos quehaceres domésticos en vez de estarse tan entretenida fuera de casa.
Ahà seguÃa su madre, cual Tess la dejara, entre el grupo de niños, inclinada sobre la artesa del lavado, tarea que, según costumbre, aplazara hasta el final de la semana. De aquella artesa habÃa salido el dÃa anterior —y Tess lo recordó con una punzada de remordimiento— el vestido blanco que llevaba puesto, un poco teñido ahora de verde en los bajos por el roce con la hierba húmeda, aquel vestido que su madre se habÃa afanado en lavar y planchar esmeradamente con sus propias manos.