Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Como estaban abiertas todas las ventanas de la casa, Ángel podía oír, desde el patio, esos triviales rumores propios de una casa cuando la gente se recoge para descansar. Aquella granja tan humilde e insignificante; aquel lugar, tan propio, a juicio de Ángel, para llevar en él una existencia retraída y transitoria; aquella casa que hasta entonces no pareciera tener personalidad propia en el paisaje, ¡cómo había cambiado ahora! Los viejos ladrillos del alero vestidos de líquenes le decían a Ángel: «¡Quédate aquí!». Las ventanas le sonreían, la puerta le llamaba y le atraía, la enredadera que tapizaba las paredes parecía querer atraparlo. Allí dentro había una criatura de tan poderoso influjo que comunicaba a los ladrillos, a la argamasa y al cielo mismo que los cubría la palpitación de una ardiente sensibilidad. ¿Y cuál era esa personalidad tan poderosa? Pues una moza lechera.
Era en verdad asombrosa la importancia que la vida de la humilde granja había adquirido para él. Y aunque ese nuevo amor influyese en ello, no se reducía a eso todo. No era Ángel el único en descubrir que la magnitud de las vidas estriba, más que en sus cambios y movimientos exteriores, en sus experiencias subjetivas. El aldeano impresionable lleva una vida más amplia, henchida y dramática que un rey de sentidos obtusos. Y pensando de esta suerte dedujo Ángel que la vida tenía allí la misma importancia que en cualquier otra parte.