Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Ángel había ido a la granja a imponerse en aquellas labores, pensando que su estancia allí no había de ser sino un mero episodio de su vida, pronto pasado y dado al olvido; había ido allí como a un lugar desde el que pudiera contemplar con todo sosiego el espectáculo absorbente del mundo exterior para exclamar después con Walt Whitman:
Muchedumbres de hombres y mujeres, con vuestros diarios arreos ¡qué raros me parecéis[76]!
y meditar un plan para lanzarse otra vez a ese mundo. Pero ¡ay!, que ese absorbente espectáculo se había acercado demasiado. Lo que para él fuera hasta entonces el mundo de sus afanes se había disuelto en remota lejanía, mientras que aquí, en este lugar al parecer oscuro y desapasionado, se había producido en forma de erupción volcánica la novedad, con fenómenos y caracteres mucho más sorprendentes que cuanto viera en parte alguna.