Tess de D'Urberville

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—Por lo que hace a la riqueza terrenal —continuó su padre—, en pocos años has de encontrarte en posición muy superior a la de tus hermanos. Aquellas consideraciones del anciano le dieron pie a Ángel para tocar el otro tema, mucho más querido de su corazón. Hizo observar a su padre que tenía ya veintiséis años y que al emprender un negocio rural necesitaba por lo menos cuatro ojos para atender a todos los asuntos, alguien que le ayudase en las faenas domésticas del establecimiento mientras él estaba en el campo. ¿No sería, por lo tanto, conveniente que se casase?

No encontró su padre falta de fundamento la idea, y Ángel sometió a su juicio esta cuestión.

—¿Y qué clase de esposa le parecería más adecuada para un agricultor laborioso y económico?

—Una buena cristiana, que sería un consuelo y una ayuda para ti en tus ideas y venidas[85]. Lo demás, poco importa. Y no creo que sea difícil encontrar una mujer así. Precisamente mi buen amigo y vecino el señor Chant…

—¿Pero no cree usted, padre, que convendría que la mujer en cuestión supiera ante todo ordeñar vacas, hacer buena manteca y buen queso, cuidar gallinas y pavos, criar pollos, gobernar a una cáfila de trabajadores, si llega el caso, y apreciar el valor de los rebaños y ganados?


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