Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Hombre, sÃ, no estarÃa mal, no estarÃa mal —dijo el pastor, que nunca habÃa pensado en ello—. Pero he de advertirte que puesto a buscar una mujer decente y buena, no encontrarás otra mejor ni que esté más en consonancia con las ideas de tu madre y mÃas que tu amiga Mercy, que antes parecÃa inspirarte alguna simpatÃa… Cierto que la hija de mi vecino el doctor Chant ha dado últimamente en la moda de este clero moderno de decorar la mesa de la comunión (el altar, creo que le oà llamarlo un dÃa con la consiguiente extrañeza) con flores y demás adornos, los dÃas de fiesta. Pero su padre, que es tan enemigo de semejantes trivialidades como yo, confÃa en que podrá curarse de esa manÃa. Se trata de un capricho enteramente pueril y que no ha de durarle mucho.
—SÃ, sÃ, Mercy es buena y piadosa, ya lo sé. Pero ¿no cree usted, padre, que una joven igualmente pura y virtuosa que la señorita Chant, pero que en vez de dominar las funciones eclesiásticas femeninas conociese las obligaciones de la mujer de un agricultor tan bien como él, habrÃa de serme mucho más conveniente?