Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Insistió su padre en su convicción de que el conocimiento de las obligaciones de la mujer de un agricultor era cuestión secundaria al lado de un modo de ver la humanidad según san Pablo, y el impulsivo de Ángel, deseando al mismo tiempo halagar a su padre y abogar por el pleito de su corazón, se puso sutil. Y le dijo al anciano que la suerte, o, mejor dicho, la providencia, había puesto en su camino a una joven dotada de cuantas condiciones podían desearse en la compañera de un agricultor, siendo además inteligente y seria en sumo grado. No podía decir el joven si pertenecía o no a la Iglesia evangélica como su padre, pero sí que era susceptible de dejarse convencer sobre el particular, iba todos los domingos a la iglesia y era una criatura llena de sencilla fe, buena, discreta, casta como una vestal y de excepcional hermosura.

—¿Y es de familia digna de entroncar con nosotros? ¿Es una señorita, en una palabra? —preguntó, sobresaltada, su madre, que se había colado en el cuarto sin hacer ruido.

—No es lo que en el lenguaje vulgar y corriente se llama una señorita —repuso Ángel sin titubear—, porque es hija de un lugareño, con orgullo tengo que decirlo. Pero, no obstante, es una señorita por su manera de ser y su manera de sentir y de obrar.

—Mercy Chant es de muy buena familia.


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