Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¿Y eso qué importa, madre? —se apresuró a decir el joven—. ¿En qué puede aprovecharle eso a la esposa de un hombre que como yo se ha embastecido ya y tiene que embastecerse más todavÃa?
—Mercy es muy instruida. Y la instrucción y la cultura no dejan de tener su encanto —repuso su madre, mirándole a través de sus lentes de plata.
—Para la vida que yo he de hacer, ¿qué importan los requilorios exteriores? Y por lo que se refiere a la cultura, ya me cuidaré yo de eso… La joven a que me refiero ha de ser una discÃpula aventajadÃsima, como vosotros mismos podrÃais ver si la conocierais. Está saturada de poesÃa, de poesÃa hecha realidad, si me permitÃs la expresión… Vive lo que los poetas no hacen más que describir… Y es cristiana a machamartillo y quizá de la misma tribu, categorÃa y especie que vosotros deseáis propagar.
—¿Lo dices en son de burla, Ãngel?
—¡Perdóneme usted, madre! Pero como va a la iglesia casi todos los domingos y es una buena cristiana, estoy seguro de que habrÃais de tolerarle alguna deficiencia social a cambio de eso y que no pondrÃais reparo a mi elección.