Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Deje usted, madre, yo meceré al niño —le dijo Tess a su madre dulcemente—; si no quiere usted mejor que me ponga el vestido viejo y la ayude a aclarar. Yo creà que ya habrÃa acabado hace mucho.
No llevaba a mal la madre de Tess que ésta dejara tanto tiempo a su cargo las faenas domésticas, y rara vez la reconvenÃa por ello, pues no solÃa echarla mucho de menos, a causa del procedimiento que instintivamente seguÃa para alivio de sus quehaceres y que consistÃa en irlos aplazando. Pero aquella noche parecÃa aún más contenta que de costumbre, mostrando en la mirada una distracción, una preocupación, una exaltación que la muchacha no podÃa entender.
—Celebro que hayas venido —le dijo su madre, luego que acabó de modular la última nota—, porque tengo que ir a buscar a tu padre, pero hay algo más: antes quiero contarte lo que ha sucedido. Te vas a asombrar cuando lo sepas.
La señora de Durbeyfield solÃa expresarse en dialecto; su hija, que habÃa aprobado el sexto grado en la escuela nacional con una maestra educada en Londres[19], hablaba dos lenguas, el dialecto en su casa, más o menos, y el inglés fuera de ella y cuando trataba con personas de importancia.
—¿Desde que estoy fuera? —preguntó Tess.
—¡SÃ!