Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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No se veía a nadie por los alrededores de la vaquería. Todos sus moradores se hallaban disfrutando de la siesta de una o dos horas que imponía el forzoso madrugón de la campaña de verano. A la puerta, las bruñidas colodras, relucientes de tan fregadas, colgaban cual sombreros en la percha del dentado y pelado tronco de encina allí hincado a tal objeto; estaban todas secas y listas ya para el ordeño de la tarde. Entró Ángel en la casa y, cruzando los silenciosos pasillos, se dirigió a los patios traseros, donde permaneció un momento escuchando. De la cochera llegaban pesados y recios ronquidos, que denotaban el profundo sueño en que yacían los hombres que allí tenían su dormitorio. Desde más lejos llegaban gañidos de cerdos jadeantes. Las anchas hojas del ruibarbo y las coles dormitaban también, dejando colgar al sol sus amplios haces, como sombrillas a medio cerrar.

Desensilló y echó pienso al caballo, y al entrar de nuevo en la casa eran ya las tres de la tarde. Era aquélla la hora del desnatado, y al mismo tiempo que las campanadas del reloj oyó Ángel crujir las maderas del piso alto y luego el ruido de alguien que bajaba las escaleras. Era Tess, que a los pocos instantes estaba delante de sus ojos.



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