Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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XXVII

Después de subir y bajar los treinta kilómetros largos de ambas vertientes de una cañada, con el bochorno de aquel mediodía estival, llegó Ángel por la tarde a una colina distante un par de kilómetros al oeste de Talbothays, desde la cual volvió a ver el verde y húmedo recinto del valle de Var o de Froom. En cuanto empezó a bajar, y según se acercaba a la despejada cuenca de aluvión, iba haciéndose más pesada la atmósfera; el lánguido aroma de los frutos del verano, las brumas, el heno y las flores, formaban un extenso lago de perfumes que a aquella hora parecía rendir a los animales, mostrándose adormecidas incluso las abejas y mariposas. Tan familiarizado estaba Ángel con aquellos parajes, que desde lejos conocía a las vacas que pacían desparramadas por el prado. Con gran alegría se reconoció Ángel capacitado para estimar la vida, aquí, en su íntimo misterio, de un modo extraño para él en su época de estudiante; y aunque queriendo mucho a sus padres, no pudo menos de confesarse que no le costaba gran trabajo desprenderse de su hogar como de un superficial aditamento. Y eso que en Talbothays faltaba hasta ese freno que suele cohibir la espontaneidad entre la buena sociedad rural de Inglaterra, por no residir allí ningún gran propietario rural.


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