Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville âNo hay que desesperar nunca, hijo mĂo âle dijo el pastorâ. Yo sigo rezando por Ă©l, aunque lo mĂĄs probable es que no volvamos a encontrarnos en esta vida. Pero, despuĂ©s de todo, es posible que alguna de aquellas pobres palabras mĂas fructifiquen algĂșn dĂa en su corazĂłn como una buena semilla.
El anciano reverendo mostraba ahora el vehemente entusiasmo de un niño; y aunque el joven no admitĂa su estrecho dogmatismo, reverenciaba su manera de ser, admirando al hĂ©roe a pesar del fanĂĄtico. Tal vez venerase ahora mĂĄs que nunca la conducta de su padre, por ver que Ă©ste no le habĂa preguntado siquiera si Tess, la que iba a ser su mujer, era rica o pobre. Aquel mismo desprecio del mundo habĂa sido la causa de que Ăngel tuviera que ganarse la vida como agricultor, y probablemente lo serĂa tambiĂ©n de que sus hermanos no pasasen nunca de ser unos pĂĄrrocos pobres, mas no por ello admiraba menos Ăngel el paterno desinterĂ©s. La verdad era que, a despecho de su heterodoxia, se sentĂa Ăngel mĂĄs cerca de su padre, desde el punto de vista humano, que de ninguno de sus hermanos.