Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Sufrimiento! —exclamó el padre con el rostro radiante por el ardor de su entusiasmo—. El único sufrimiento que me produjo ese episodio fue por ese pobre joven atolondrado. ¿Crees tú que sus coléricas palabras, ni aun sus golpes, podían producirme algún dolor? «Insultados, bendecimos; perseguidos, sufrimos; difamados, oramos; somos hechos de la inmundicia de la tierra y de la escoria de todas las cosas, hasta este día[88]». Aquellas antiguas y hermosas palabras a los corintios vienen muy bien a este caso.
—Pero supongo que eso de los golpes será un decir, padre. ¿Los hubo realmente?
—No, en esa ocasión no. Pero más de una he tenido que aguantarlos de hombres enloquecidos por la embriaguez.
—¡Es posible!
—Sí, hijo mío. ¡Muchas veces he tenido que aguantarlos! Pero ¿qué importa eso? ¡Si a costa de ellos he logrado salvarlos de la perdición y conservarles la vida para que me lo agradeciesen y alabasen a Dios!
—¡Ojalá que ese hombre haga lo mismo! —dijo Ángel con fervor—. Aunque por lo que me dice usted, no lo espero de él.