Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—No me ha comprendido usted bien, padre, como le ocurre a usted con frecuencia —dijo Ángel un poco impaciente—. Desde el punto de vista político soy escéptico respecto al mérito de la antigüedad. Los mismos aristócratas, cuando son discretos, «claman contra su propia sucesión», como dice Hamlet[86], pero lírica, dramática y hasta históricamente me inspira interés la nobleza.

Aquel distingo, aunque no muy sutil, lo era en demasía para el anciano Clare, el cual continuó su historia por donde la dejara, refiriendo que al morir el llamado d’Urberville padre, se había entregado su hijo a los más culpables excesos, no obstante tener la madre ciega, circunstancia que hubiera debido servirle de freno. Habiendo llegado a oídas del pastor sus fechorías, cuando se hallaba de misiones por aquella parte del país, tuvo el atrevimiento de amonestar al joven, y aunque extraño al lugar y no obstante hablar desde el púlpito de un compañero, no tuvo reparo en hacerlo, eligiendo por tema las palabras de san Lucas: «¡Loco, esta noche será llamada tu alma al juicio![87]». Resentido el joven por comprender la singularidad del ataque, no tuvo escrúpulo de insultar públicamente al reverendo en la disputa que siguió, sin respeto a sus canas. Ángel se sonrojó, lleno de pesadumbre.

—Padre —dijo con tristeza—, ¿por qué se expone usted a ese sufrimiento?


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