Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —SÃ, es verdad. Mi padre me habló de sus dificultades e inquietudes, y siempre me desazona oÃrlo. Es tan celoso, que siempre está recibiendo sofiones y bofetadas de gente que no piensa como él, y no puedo oÃr que sufra tales humillaciones un hombre de su edad, tanto más cuanto que de nada sirve tal exceso de celo. Me ha contado una escena reciente que me ha apenado mucho. HabÃa ido como delegado de una sociedad misionera a predicar en las cercanÃas de Trantridge, un lugar que dista sesenta kilómetros de aquÃ, y le dio la ocurrencia de ponerse a discutir con un joven cÃnico y disoluto que habÃa por allà (el hijo de un propietario de aquella comarca), cuya madre es ciega. Mi padre le atacó a quemarropa, sobreviniendo una disputa entre los dos. Hay que reconocer que no estuvo bien en mi padre ponerse a discutir con un desconocido, cuando lo más probable era que no condujese a nada. Sólo que cuando él cree que debe hacer una cosa la hace, con oportunidad o sin ella, y la consecuencia de todo ello es que se crea enemigos, no sólo entre los francamente viciosos, sino también entre los sujetos de mediana conducta que no aguantan reconvenciones. Pero él dice que no se apura por lo ocurrido, y que hay formas indirectas de hacer el bien. Yo, sin embargo, quisiera que no se metiese en tales aventuras, ahora que ya está viejo, y que dejase a esos cerdos que se encenaguen cuanto quieran.