Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville La mirada de Tess se había vuelto dura y fatigada, y su fresca boca expresó una mueca trágica, pero cesó el temblor que recorría su cuerpo. Mientras pensaba Ángel en su padre, no reparaba en ella. Y así fueron pasando por la blanca hilera de líquidos rectángulos, hasta que hubieron concluido de vaciarlos todos. Entonces volvieron ya las otras mozas y recogieron las colodras, mientras Deborah escaldaba las cubetas que habían de recibir la nueva leche.
—¿Y qué contestas ahora a mi pregunta, Tess?
—¡No, no! —replicó ella con lúgubre desesperanza, cual si aquella alusión a Alec d’Urberville le hubiera hecho oír de nuevo el torbellino de su pasado—. ¡No puede ser!
Salió hacia el prado, uniéndose a sus compañeras de un salto, como si esperase que el aire libre aventase la tristeza que la oprimía. Las mozas se encaminaron al otro prado más lejano en que estaban pastando las vacas. Avanzaba el grupo con la gracia atrevida de los animalejos que retozan en la selva, con esa movilidad alocada propia de mujeres habituadas al espacio ilimitado, que les hacía abandonarse al aire como el nadador a la ola. Y al ver de nuevo a Tess le pareció a Ángel que era muy natural elegir compañera entre las hijas de la libre naturaleza y no entre las que habitaban la morada del arte.