Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Cómo se ve que no los conoces! Los que podrÃan decir algo serÃan mis hermanos, y ésos no me importan… —Y enlazando sus manos a la espalda de ella para que no pudiera escapar, añadió—: Pero, anda, dime la verdad, dime que eso otro lo dijiste sin sentirlo. ¿A que estoy en lo cierto? Mira, Tess, me tienes tan nervioso que no puedo ni fijar la vista en un libro… Y no es que me corra tanta prisa, ¿sabes?, sino que quisiera oÃr de tus labios que has de ser mÃa algún dÃa, cuando a ti te plazca, pero algún dÃa…
Tess no pudo hacer otra cosa que mover la cabeza y desviar sus ojos de los del joven. Escudriñó éste las facciones de su semblante y las descifró como si fueran jeroglÃficos. La negativa era en ellas patente.
—Según eso, no debo mirarte como a mi futura esposa, ¿verdad? No tengo derecho, ningún derecho a buscarte ni a pasear contigo… DÃmelo sinceramente, Tess. ¿Es que quieres a otro?
—¿Cómo puede preguntarme tal cosa? —dijo la joven, sin dejar de dominarse.
—Casi estoy seguro de que no. Pero entonces ¿por qué me rechazas?
—No le rechazo. Me gusta que me diga que me quiere, y puede seguir diciéndomelo, sin que yo me dé por ofendida.
—Pero, en resumidas cuentas, ¿es que no me quieres para marido?