Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Después de estas tiernas discusiones y de triunfar en ellas Tess, se alejaba ésta hacia la vaca más distante, si era la hora del ordeño, o se adentraba por las espadañas, si no se recluía en su habitación, triste y silenciosa, después de haber formulado una negativa, muy serena en apariencia. Era tan ruda la batalla, se le iba de tal modo hacia Ángel el corazón —eran dos corazones a luchar contra una pobre conciencia—, que Tess procuraba fortalecer su resolución por cuantos medios tenía a su alcance. Había venido hasta Talbothays con su idea ya formada. Por nada del mundo debía dar aquel paso, para que luego su marido pudiera, andando el tiempo, deplorar amargamente el haberse casado con ella. Y comprendía la joven que no debía faltar ahora a lo que había jurado su conciencia.
«¿Por qué no habrá alguien que le hable de mí?», pensaba. «¡Si fue a poco más de sesenta kilómetros de aquí! ¿Por qué no ha llegado aquí? ¡Alguien tiene que estar enterado!».
Pero nadie daba muestras de saberlo, nadie se lo contaba a él.