Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville En dos o tres días no volvió a hablarle aquél del asunto. De las caras largas que ponían sus compañeras de dormitorio infería Tess que todas daban por descontado que era no sólo la favorita de Ángel, sino su elegida, pero se tranquilizaban pensando que ellas no tenían motivo ninguno para decir que hiciera nada por engatusarle.
Nunca hasta entonces había podido pensar Tess que el hilo de su vida estaba trenzado en dos ramales, el del goce verdadero y el del dolor verdadero. Al llegar la época de elaboración del queso, les dejaron otra vez a los dos solos. El amo iba de vez en cuando a echarles una mano, pero tanto el señor Crick como su mujer habían advertido el mutuo amor que los unía, a pesar de proceder ellos con tal circunspección que apenas si daban pábulo a la sospecha. Y el ganadero, muy discreto, les dejaba a sus anchas, entregados el uno al otro.
Estaban a la sazón desmenuzando las masas de cuajo antes de echarlas en la quesera. Parecía como que desmigajaban pan en gran escala, y en la inmaculada albura de los témpanos de cuajo hacía resaltar Tess el rosado color de sus manos. Ángel, que estaba llenando a puñados los cangilones, interrumpió de pronto su tarea y pasó sus manos abiertas sobre las de la joven, que estaba remangada hasta los codos, e inclinándose más, dejó un beso sobre la vena interna de su suave brazo.