Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Aunque eran todavÃa muy calurosos aquellos primeros dÃas de septiembre, sintió el joven en su boca tan frÃo y húmedo el brazo de Tess, a causa de su inmersión en el cuajo, que le supo a suero. Pero era la muchacha tan nerviosa, que al contacto de los labios del galán se le alteró el pulso, afluyéndole la sangre hasta las puntas de los dedos y tornándosele encendidos y ardientes aquellos brazos tan frÃos. Y como si en aquel momento le dijera su corazón: «¿A qué más remilgos? La verdad es la verdad entre hombre y mujer, lo mismo que entre hombre y hombre», levantó los ojos que le centelleaban de amor, en tanto que sus labios se plegaban en tierna sonrisa.
—¿Sabes por qué he hecho eso, Tess? —le preguntó él.
—¡Pues porque me quiere mucho!
—SÃ, y además, como preparación para otra nueva súplica.
—¡Otra vez! ¡No!
Y sintió temor la muchacha de que su deseo pudiera más que su resistencia.