Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville La verdad era que se iba sintiendo cada vez más dispuesta a acceder a los deseos del galán. Los hálitos de su pecho, las oleadas de su sangre, las pulsaciones que zumbaban en sus oÃdos eran voces que se sumaban a su vida toda, declarada en franca rebeldÃa contra sus escrúpulos. Aceptar su mano sin meterse en honduras, unirse a él ante el altar, sin haberle hecho ninguna revelación, aunque se expusiera asà a que luego se enterara, arrancar el fruto sabroso del goce antes de que las férreas garras del dolor tuvieran tiempo de hincársele en el alma, esto era lo que su amor le aconsejaba; y casi transida de pavoroso éxtasis, presentÃa Tess que, a pesar de los pasados meses de penitencia, luchas Ãntimas y proyectos de llevar en lo sucesivo una vida de austero retraimiento, acabarÃa por ceder a los imperativos de su amor.
Adelantaba la tarde y aún estaba Tess entre los sauces. Oyó el ruido que se producÃa al bajar las colodras de los postes dentados, el ¡uau!…, ¡uau!… que acompañaba a la recogida de las vacas, y no acudió al ordeño. Pues le habÃan notado su agitación, y el amo, presumiendo que el amor era su causa, no hubiera dejado de gastarle alguna bromita, que en el estado en que se encontraba no hubiera podido sufrir.