Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Era lógico que Ángel hubiera adivinado su tribulación, y en vista de eso ideó una excusa para justificar su ausencia, de modo que nadie hiciera preguntas ni la llamaran. A las seis y media se escondió el sol tras los collados, dando al cielo el aspecto de una fragua, y al punto surgió por el otro lado la monstruosa calabaza lunar. Los sauces, desfigurados por la incesante poda, semejaban frente a la luna monstruos de erizada cabellera.

Tess entró en la casa y subió las escaleras a oscuras. Era miércoles. Llegó el jueves, y Ángel la miró pensativo y desde lejos, pero sin importunarla con preguntas. Marian y las demás operarias de la lechería dejaban traslucir que estaban al tanto de estarse tramitando algún asunto secreto entre los dos, pero no le hicieron a Tess insinuación alguna en el dormitorio. Pasó el viernes, amaneció el sábado. El siguiente era el día decisivo.

—¡No resisto más, voy a decirle que sí…, me casaré con él! ¡No puedo sufrir más! —jadeaba Tess, llena el alma de zozobra, con la cara ardorosa pegada a la almohada, al oír que una de las chicas murmuraba en sueños el nombre de Ángel—. ¡No puedo avenirme a la idea de que sea de otra y no mío! Pero eso sería también una traición, que quizá le costara la vida. ¡Ay, mi pobre corazón!


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