Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Como no se esperaba él semejante actitud, le había ceñido a Tess el talle con el brazo, por debajo de la melena. (Las mozas de la lechería, y entre ellas Tess, almorzaban con el pelo suelto los domingos por la mañana, antes de levantar el complicado edificio de su peinado para ir a la iglesia, pues hubiera sido imprudente hacerlo antes de ordeñar, ya que en esta operación tenían que tener la cabeza pegada contra el animal). Si Tess hubiera dicho que sí, en vez de que no, él le hubiera dado un beso, que tal parecía ser su intención manifiesta, mas la resuelta negativa cortó los vuelos a su escrupuloso corazón. La íntima convivencia en que pasaban los días constituía tal desventaja para ella, a fuer de mujer, que él no juzgó lícito asediarla con los halagos que honradamente se hubiera permitido de haber estado ella en libertad de mantenerse a distancia. Soltó la cintura que le ceñía, y contuvo el beso.
Todo cambió al soltarla. Lo que le diera fuerzas a Tess para rechazarlo aquella vez fue el cuento que acababa de oír referente a la viuda; así y todo, no hubiera podido durar mucho su resistencia. Pero Ángel no insistió, y con expresión de perplejidad en el semblante, se alejó de ella.