Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Volvieron a encontrarse varias veces en los días sucesivos, aunque con menos frecuencia que antes, y así transcurrieron dos o tres semanas. Tocaba septiembre a su fin y ella pudo leer en las miradas del joven que estaba dispuesto a insistir en su demanda.

Pero la táctica de Ángel era ya distinta, como si se hubiera hecho a la idea de que las negativas de la muchacha sólo eran debidas a su modestia y su juventud, sobreexcitadas por la novedad de sus proposiciones. Las caprichosas evasivas de Tess, siempre que él sacaba a relucir aquel asunto, venían a fortalecer su presunción. Visto lo cual, planteó Ángel un doble juego, y sin ir nunca más allá de las palabras ni propasarse a nuevas caricias, hizo todo lo posible de palabra.

Con arreglo a esta nueva táctica, empezó Ángel a cortejarla con cuchicheos y murmullos, cual los que produce la leche al manar de la ubre. Galanteábala así junto a la vaca, durante la operación del desnatado, o la elaboración del queso y la manteca, entre los polluelos del gallinero y mientras cuidaba a los lechones, resultando Tess cortejada como jamás lechera alguna.



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