Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Sabía Tess que era inminente su caída. Ni el sentido religioso de la validez moral de su anterior unión ni el escrupuloso anhelo de franqueza podrían resistir más. Amaba con locura a Ángel, le miraba como a un dios, y teniendo un espíritu fino, aunque le faltara educación, se le iban hacia el joven todos sus impulsos. Y así, por más que sin cesar se repetía a sí misma «jamás seré su mujer», comprendía que eran vanas tales palabras. La prueba de su debilidad estaba en el hecho de serle imposible pronunciar lo que en otras circunstancias de más calma y serenidad ningún trabajo le hubiera costado. El eco de su misma voz, al comenzar su antiguo tema, la conmovía con transportes de una dicha aterradora y anhelaba aquella misma explicación que temía. Eran tales las maneras de Ángel —como las de tantos otros—, denotaban con tanta claridad y vehemencia su amor, su firme resolución de defenderla, de amarla, aceptando de antemano cualquier circunstancia desagradable, que al cálido influjo de tan ardoroso rendimiento, se disipaba la sombría tristeza de la joven. A todo esto, se iba acercando el equinoccio, y aunque los días eran todavía largos, empezaban ya a menguar. De nuevo había que trabajar con luz artificial en las madrugadas, y una de ellas, entre tres y cuatro de la mañana, volvió Ángel otra vez a la carga.