Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Ángel querido, ¿por qué no?
—Eso sería tanto como darle el sí para lo que quiere…
—Eso no significaría más sino que me quieres aunque no puedas ser mi esposa, y eso ya me lo dijiste hace tiempo…
—Bueno, pues entonces, Ángel mío, si no tengo más remedio.
Murmuró, mirando a la luz y frunciendo traviesamente la boca, a pesar de su profunda agitación.
Se había jurado Ángel no volver a darle un beso hasta no haber obtenido de ella una promesa formal, pero al verla allí, con su traje de faena abrochado hasta arriba y el pelo provisionalmente recogido al desgaire hasta que pudiera peinárselo con más tranquilidad, después de terminado el ordeño, quebrantó su propósito y posó un momento sus labios en la cara de Tess, la cual echó a correr escaleras abajo, sin volver la cabeza ni proferir palabra. Ya estaban abajo los demás y el episodio no pasó adelante. Todos les miraban a los dos con malicia, salvo Marian, en aquella triste penumbra amarilla que despedían las velas, contrastando con los primeros indicios de la fría alborada.
Concluido el desnatado, operación que por ir ya disminuyendo la leche con la cercanía del otoño cada día resultaba más breve, salieron Retty y los demás. Nuestros enamorados les siguieron.