Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Al fin llegaron nuestros jóvenes a aquella claridad que procedía del farol de una estación de ferrocarril; era la tal luz una pobre estrella de la tierra, pero más interesante para la lechería de Talbothays y para la humanidad que los luceros celestes, a cuyo lado hacía tan triste papel. Bajo la lluvia descargó Ángel las cubas de fresca leche, mientras Tess se guarecía junto al tronco de un árbol cercano.
Luego se oyó el silbido del tren que se deslizó casi calladamente por los húmedos carriles, procediéndose al traslado de la leche al coche batea. El resplandor de la máquina iluminó un segundo la figura de Tess Durbeyfield, que permanecía inmóvil junto al árbol. Nada más antitético que la reluciente y complicada máquina del tren y aquella ingenua y sencilla muchacha con los brazos desnudos, el rostro y el cabello calados de lluvia, con la quietud de un manso leopardo en reposo, vestida con ropas estampadas que no se ajustaban a la moda y el sombrero de crudillo chorreándole agua por la frente.