Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville No insistió Ángel más. A poco vieron surgir sobre el fondo del cielo la ruinosa silueta de una casa señorial de la época del rey Carlos, no tardando en pasar junto a ella y dejarla atrás.
—Ésa —dijo Ángel por distraer a su compañera— es una mansión antigua muy interesante, una de aquéllas que pertenecieron a una rancia familia normanda que tuvo gran influjo en el país: la de los d’Urberville. No puedo pasar por ninguna de ellas sin dedicarle un pensamiento a esa familia. Por más que los nobles hayan sido orgullosos y dominantes, causa siempre pena la extinción de una familia famosa.
—Sí —dijo Tess.
Avanzaron paulatinamente hacia la oscura lejanía, en cuyo fondo empezaba a vislumbrarse una débil claridad; era aquél un paraje en el que durante el día un penacho de humo, surgiendo a intervalos sobre el verde paisaje, denotaba los intermitentes momentos de contacto entre el apartado mundo en que vivían sus moradores y la vida moderna. Ésta extendía tres o cuatro veces al día hasta este lugar sus tentáculos de vapor, poniendo su mano sobre aquella existencia primitiva y retirándola al punto cual si hubiera tocado algo desagradable.