Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Tengo miedo a que cojas un catarro con los brazos y los hombros al aire —le dijo Ángel a su compañera—. Arrímate a mí y así quizá no te haga daño el frío de la lluvia.
Ella se le fue acercando más imperceptiblemente, y el joven echó sobre ambos un gran trozo de tela impermeable que servía para resguardar del sol las cubas de la leche. Como Ángel tenía las manos ocupadas con las riendas, se encargó Tess de sujetar la tela.
—Así estamos ya muy bien. Aunque no, que a mí me está entrando un poco el agua por el cuello y a ti te ocurrirá lo mismo. Tienes los brazos fríos como el mármol, Tess. Sécatelos en la tela. Ahora, si no te mueves, no te caerá ninguna gota. ¡Así! Ahora ya estamos bien… Y dime, ¿no tienes ya pensada la respuesta a mi pregunta?
La única respuesta que pudo percibir el joven durante breve rato fue el chapoteo de las herraduras del caballo en el mojado camino y el gorgoteo de la leche en las cubas.
—¿No te acuerdas de lo que me dijiste?
—Sí que me acuerdo —replicó Tess.
—Pues antes de que volvamos a casa piénsalo.
—Lo intentaré.