Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville A poco empezó el encapotado cielo a descubrir sus intenciones dejando caer como heraldos pesados goterones de lluvia, y el aire encalmado se trocó en ligera brisa que acariciaba las caras de los viajeros. El azogado brillo de arroyos y charcas se borró por completo, cambiándose sus grandes espejos luminosos en deslucidas sábanas de plomo de áspera superficie. Pero tal espectáculo no distraía de su preocupación a los jóvenes. El rostro de Tess, de sanos colores, ligeramente tostado por el ardor estival, se había apagado un poco con el bataneo de la lluvia, y sus cabellos, que de restregarse con las vacas en el ordeño se le habían despeinado como de costumbre, saliéndose del sombrero de crudillo, reblandecido por la humedad, apenas si parecían otra cosa que un alga marina.
—Por supuesto que yo no debía haber venido —murmuró Tess mirando al cielo.
—Lo siento por la lluvia —dijo Ángel—, pero estoy muy contento de tenerte a mi lado.
Poco a poco iba cubriendo la líquida gasa los lejanos montes de Egdon. La oscuridad de la tarde se acentuaba y como los caminos estaban interceptados por setos y portones, era necesario marchar al paso. El aire era cada vez más frío.