Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville No bien profirió Tess aquel sà prorrumpió en un llanto seco, en un sollozar tan violento que parecÃa extenuarla. Y como no era ninguna histérica, hubo de asombrarse Ãngel.
—¿Por qué lloras, amor?
—No puedo decir… ¡Estoy tan contenta de pensar que soy tuya y que tú eres feliz!
—Pero ese llanto no parece indicio de alegrÃa, Tess.
—Es que lloro porque he quebrantado mi voto; dije que morirÃa soltera…
—Pero si me quieres, ¿querrÃas que fuera tu marido?
—¡SÃ, sÃ! Pero a veces quisiera no haber venido al mundo.
—Vaya, Tess, si no supiera que estás muy agitada, dirÃa que esas palabras no son muy halagüeñas para mÃ. ¿Cómo, queriéndome, puedes desear no haber nacido? Porque, ¿tú tienes ilusión de verdad por mÃ? Me gustarÃa que me lo dieses a entender de algún modo.
—¿Y qué mejor prueba que la que acabo de darte? —exclamó Tess con tierno abandono—. ¿Lo probará esto más?
Se abrazó Tess al cuello de Ãngel y entonces supo éste por primera vez lo que son los besos de una mujer apasionada en los labios del ser a quien ama.