Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¿Y ahora lo crees? —le dijo encendida y enjugándose las lágrimas.
—SÃ. Nunca dudé de ello.
Y continuaron camino adelante en la oscuridad de la noche, formando un solo cuerpo bajo la capota impermeable, y dejando al caballo marchar a su arbitrio, sin preocuparse de la abundante lluvia. Tess le habÃa dado el sà al joven, cosa que hubiera podido hacer desde el principio. El afán de goce que posee a toda criatura, esa fuerza tremenda que impele a la humanidad toda en la dirección de su destino, lo mismo que arrastra la marea al alga impotente, no podÃa quedar contrarrestada por vagas lucubraciones sociales.
—Tengo que escribir a mi madre —dijo Tess—. ¿No te parecerá mal que lo haga?
—¡Claro que no, mujer! Das muestras de ser una niña al no comprender cuan natural es que escribas a tu madre participándole la novedad, y cuan injusto serÃa yo oponiéndome a ello. ¿Dónde viven tus padres?
—Pues en Marlott… Al otro lado del valle de Blackmoor.
—¡Ah! Entonces ya te habÃa visto yo antes de ahora…
—SÃ, en aquel baile del prado… Sólo que no tuviste a bien bailar conmigo. ¡Ay, quiera Dios que no fuera aquello un mal presagio para nosotros ahora!