Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Que es lo que ocurre en este caso…, tú misma lo has dicho. —Y le puso un dedo en la mejilla—. ¡Ah! —exclamó.
—¿Qué?
—Que ya siento que se te sube el pavo por lo que te he dicho. Pero no es ésta ocasión de bromear. ¡Dejémonos de chanzas…, la vida es muy seria!
—Es verdad. Y puede que lo supiera yo antes que tú.
Harto lo veía ella en aquel instante. Renunciar a casarse con él, obedeciendo a su emoción de la noche pasada, y dejar la vaquería, significaba trasladarse a algún lugar extraño que no fuese una granja como aquélla, ya que por aquella época no hacían falta lecheras; de suerte que tendría que ir a una granja de labor, donde no encontraría ningún ser divino como Ángel. Aquella idea le resultaba odiosa, más todavía que la de volverse a su casa.
—Así es que hablando seriamente, Tess —continuó Ángel—, puesto que para Navidad tendrás que marcharte de todos modos, lo mejor es que nos casemos para esa fecha. Además, si no fueses la criatura de menos seso del mundo comprenderías que no podemos estarnos aquí toda la vida.
—¡Ojalá pudiera ser! ¡Que fuera siempre verano y otoño! ¡Y que estuviéramos aquí toda la vida y que tú me quisieras siempre como ahora!