Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Parece como si hubiera ahí cientos de miles de personas —dijo Tess—, mucha gente en los mercados, discusiones, disputas, discursos, llantos, rugidos, plegarias y maldiciones.
Ángel no puso atención en sus palabras.
—¿Te ha dicho hoy Crick que durante el invierno le va a sobrar gente?
—No.
—Las vacas se le están secando.
—Sí, ayer fueron a la paja seis o siete y tres anteayer, de modo que ya hay allí más de veinte… Pero ¿quieres decir con eso que el amo ya no me necesita? ¡Dios mío! ¡Ya no hago falta aquí! ¡Con tanto como he trabajado!
—No ha dicho Crick, precisamente, que no te necesite, pero teniendo en cuenta nuestras relaciones me hizo presente de la manera más respetuosa y amable que él suponía que al partir yo para Navidad te llevaría conmigo, y al preguntarle yo si no le harías tú falta, me manifestó que, en realidad, para esa época del año no necesitaría mucha ayuda femenina. Y te confieso mi pecado; me alegré de que no le hicieras falta.
—Pues yo creo que no debías haberte alegrado, Ángel. Siempre es triste el ver que no la necesitan a una, por más que le convenga.