Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Otras veces le planteaba la cuestión por la noche, mientras la acompañaba a algún recado, urdido por la señora Crick a fin de brindarles esa oportunidad. Las más de las veces servía de pretexto una excursión a las dependencias de la montaña, con objeto de inquirir cómo iban las vacas preñadas en el establo de paja en que tenían su encierro. Porque en aquella época del año sobrevenían grandes cambios entre la población vacuna. Todos los días tenían que enviar no pocas vacas a aquel aparejo, donde vivían sobre la paja hasta que nacían los ternerillos, después de lo cual, y tan pronto como podían andar las crías, volvían éstas y sus madres a la lechería. Mientras no se vendían las terneras, había muy poco que ordeñar, pero una vez separadas las crías reanudaban las mozas su faena habitual.

A la vuelta de uno de aquellos paseos nocturnos llegaron una vez los jóvenes a una meseta suspendida sobre los torrentes, donde se entretuvieron escuchando. El agua alcanzaba allí su máximo nivel, rebosando de las esclusas y mugiendo bajo las rústicas atarjeas; los más insignificantes arroyuelos corrían desbordados; no había atajo posible ni vado practicable, teniendo los peatones que seguir los caminos ya trazados. De toda la extensión del invisible valle llegaban hasta los jóvenes profusión de rumores, sugiriéndoles la impresión de tener a sus pies una gran ciudad, cuyos habitantes con su vocerío levantasen aquel fragor.


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