Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Procedieron los novios a realizar los preparativos de la boda y ya era inminente el día de la ceremonia nupcial. Habían fijado la fecha del 31 de diciembre, víspera de Año Nuevo. «¡Su esposa!», se dijo Tess. ¿Era aquello posible? Los dos unidos, compartiendo todos los azares e incidentes de la vida, sin que nada pudiera separarlos. ¿Por qué no? Y sin embargo, también cabía decir, ¿por qué?
Un domingo, al volver de la iglesia, le dijo Izz a Tess con sigilo:
—No se ha leído tu amonestación esta mañana.
—¿Qué dices?
—Pues que hoy debía haber sido tu primera amonestación. ¿No piensas casarte para el treinta y uno?
Tess le contestó afirmativamente.
—Pues ya ves. Tres son las amonestaciones. Y como no faltan más que dos domingos…
Tess notó que sus mejillas palidecían; Izz decía bien. ¿Se le habría olvidado a él? En ese caso habría que retrasar el asunto una semana, y quizá fuese aquello un mal presagio. ¿Y cómo recordárselo a Ángel, para que subsanara el olvido? Ella, que tan reacia anduviera para dar su consentimiento, ardía ahora en impaciencia y alarma, temiendo perder su codiciada presa.