Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Pero todo salió a pedir de boca. Se preguntaba Tess si querría Ángel que fuese a la boda con el vestido blanco que tenía o que se comprase otro nuevo. Pero tal dilema vino a resolverlo la previsión de Ángel, la cual se manifestó mediante la llegada de unos paquetes que venían a nombre de la joven. En ellos encontró aquélla un equipo completo, desde el sombrero hasta las medias, más un traje de novia perfectamente adecuado a la sencillez con que ellos deseaban que se celebrase la ceremonia. A poco de eso entró Ángel en la casa y la oyó pugnar allá arriba por deshacer los paquetes.

Al poco rato bajó Tess con las mejillas encendidas y los ojos llenos de lágrimas.

—¡Qué bueno eres, Ángel! —murmuró, posando la mejilla en uno de sus hombros—. ¡Hasta los guantes y el pañuelo! ¡Qué bueno eres!

—Pero si eso no me ha costado la menor molestia; mandárselos pedir a un almacenista de Londres, y pare usted de contar.

Y para evitar que ella siguiera poniéndolo por las nubes, le dijo que subiera y con toda tranquilidad se cerciorara de si no faltaba ninguna prenda, para en caso necesario avisar a la costurera del pueblo, a fin de que supliera la falta.


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