Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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No aparecía muy clara la intención de Tess y su novio la exhortó a alejar de su mente aquellas preocupaciones, lo que ella hizo en cuanto le fue posible. Pero en el viaje de vuelta estuvo todo el tiempo muy triste, hasta que por último pensó: «Gracias que nos hemos de ir a vivir muy lejos de aquí, a cientos de kilómetros de estas tierras, donde no podrá sucedemos nada por ese estilo, ni se nos atravesará en el camino ningún fantasma del pasado».

Al llegar a la vaquería se despidieron los novios con grandes extremos de cariño, y Ángel subió a su desván. Tess se sentó para ultimar algunos detalles, temiendo que los días que le quedaban fueran pocos para terminar todos los preparativos. Pero estando sentada oyó ruido en la habitación de Ángel como de lucha. Y como todos los de la casa estaban ya dormidos, recelando no fuera que Ángel se hubiera puesto enfermo, llamó a su puerta y le preguntó qué era lo que le sucedía.

—Nada pasa de particular —dijo él desde dentro—. ¿Por qué te has molestado? Lo ocurrido es más bien motivo de risa. Me quedé dormido, y soñé que me estaba peleando otra vez con ese hombre que te insultó, y el ruido que oíste fue el de los puñetazos que le estaba yo sacudiendo a mi maleta, que había sacado para meter en ella unas cosas. Soy un poco sonámbulo y de cuando en cuando me ocurren estas cosas. Pero vete a la cama y no te preocupes más.


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