Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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No se levantaron los novios a la hora del ordeño, pues su última semana la habían pasado en la vaquería más bien en concepto de huéspedes que de otra cosa, habiéndose visto favorecida Tess con una habitación para ella sola. Al bajar para tomar el desayuno, les sorprendió el cambio que en honor suyo había sufrido la amplia cocina. El lechero, a cierta hora de la madrugada, había mandado blanquear el rincón de la chimenea, pintar de colorado los ladrillos del hogar y sustituir por una cortina de damasco, de un amarillo rabioso, el viejo y renegrido cortinón de lana de rameado dibujo que colgaba del medio punto. Aquella innovación en lo que constituía el foco de la estancia en las tristes mañanas de invierno comunicaba a toda ella un aspecto festivo.

—Yo deseaba hacer algo en su honor —dijo el ganadero—, y como no querían ustedes ni oír mentar a la orquesta de violines y violones que se acostumbraba traer en otro tiempo para la ceremonia, pues se me ocurrió esta idea que, como ven, no mete bulla.






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