Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Mas ella ya se había prendido, como si mágicamente hubiera adivinado su deseo, collar, pendientes, pulseras y todo.
—Pero esa blusa no es adecuada, Tess —dijo Ángel—. Unos brillantes como ésos requieren escote.
—¿Sí? —exclamó ella.
—Sí —corroboró él.
Le indicó Ángel cómo debía recogerse el cuello de la blusa para imitar, aunque imperfectamente, el corte de un vestido de noche, y luego que ella hubo seguido sus instrucciones y el colgante del collar lució aislado en la blancura de su garganta como era debido, retrocedió unos pasos para juzgar el efecto.
—¡Dios mío! —exclamó Clare—. ¡Qué hermosa estás!
Sabido es que, aunque se diga lo contrario, el hábito hace al monje; la moza aldeana que pasa inadvertida en la sencillez de su indumento resultará de una belleza deslumbradora si se viste a la moda, usando de los recursos del arte, en tanto que una belleza de salón hará las más de las veces un triste papel si, aderezada a usanza campesina, se la traslada a un monótono terreno de nabos en un día nublado. Hasta aquel instante no había apreciado Ángel el valor artístico del cuerpo y la cara de su esposa.