Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Clare realizó la trivial faena de atizar el fuego; todavÃa no habÃa llegado a lo más hondo de su ser la revelación. Después de remover las ascuas se puso en pie; ahora habÃa recibido toda la fuerza de su revelación. Palideció el joven. Y movido por la fuerza de su reconcentrado sufrimiento, golpeó el suelo con los pies. Por más que lo intentaba, no conseguÃa polarizar su pensamiento, y esto explicaba su perplejidad. Cuando por fin rompió el silencio, lo hizo con la voz más impropia y corriente de los variados tonos que ella le oyera nunca.
—¡Tess!
—Di, amor mÃo.
—¿Debo creer lo que me dices? Por la forma como te expresas parece que sÃ. ¡No es posible que hayas perdido el juicio! ¡Aunque ojalá fuera asÃ! Pero no lo es… ¡Tess, mi esposa! ¡Quién hubiera sospechado semejante cosa!
—No he perdido el juicio, no —repuso ella.
—Y sin embargo… —se la quedó mirando espantado y continuó, todavÃa indeciso—: ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¡Ah, sÃ, ahora recuerdo que querÃas decÃrmelo… y que yo me opuse!