Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Éstas y otras palabras que iba pronunciando no eran sino el tumultuoso borboteo de la superficie de su alma, que no llegaba a sus zonas profundas. Se volvió y se apoyó en una silla. Tess le siguió hasta el centro de la estancia, y allí permaneció mirándole con ojos que no lloraban. De pronto se arrodilló a sus pies y, vencida por su íntima pesadumbre, quedó allí hecha un ovillo.
—¡En nombre de nuestro amor, perdóname! —murmuró con la boca reseca—. La misma culpa te he perdonado yo.
Y como él no respondiera, repitió:
—¡Perdóname como te he perdonado! ¡Yo te perdono, Ángel!
—Sí, tú me perdonas.
—¿Y tú a mí no?
—¡Tess, perdonar en este caso no tiene sentido! Tú eras antes una y ahora eres otra. ¡Dios mío! ¿Cómo es posible que pueda aplicarse el perdón a una mixtificación tan grotesca?
Hizo una pausa para recapacitar en aquel pensamiento, y luego prorrumpió en súbita y estridente carcajada, tan espantable y antinatural como una risa de infierno.
—No, no, no te rías así. ¡Me matas con esa risa! —gritó Tess—. ¡Ten piedad de mí, ten piedad de mí!