Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Qué he hecho yo! ¡Qué he hecho yo! Nada te he dicho que desmienta el amor que te tengo. No puedes pensar que procedà con cálculo, ¿verdad? Tu indignación es obra sólo de tu mente, Ãngel; yo no te he dado motivo para ella. ¡No soy esa mujer embaucadora que tú crees!
—Hmm…, bueno, no embaucadora, esposa mÃa, pero no eres la misma que yo querÃa. No eres la misma, no. Y no des motivo a que te haga ningún reproche, que he jurado no hacértelos y lo evitaré como sea.
Pero ella persistió en defenderse, y dijo cosas que acaso hubiera sido mejor callar.
—Ãngel, Ãngel. ¡Yo era una niña… cuando eso sucedió! ¿Qué sabÃa yo de los hombres?
—Eres más vÃctima de pecado que pecadora[104], lo reconozco.
—Entonces ¿me perdonarás?
—Te perdono, sÃ, sólo que no basta el perdón.
—¿Y me quieres?
Él no respondió a la pregunta.
—¡Ãngel…, dice mi madre que no soy la primera a quien eso le ocurre! ¡Otras ha habido en peores circunstancias que yo, y sus maridos las perdonaron! ¡Y eso que no les querÃan ellas como te quiero yo a ti!