Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Tess tomaba esas recriminaciones en sentido general, sin pararse a analizar sus intenciones concretas. De todo resultaba que el joven no la amaba cual la amara hasta entonces, y siendo así, todo lo demás le era a Tess por completo indiferente.

Siguieron paseando en silencio. Después se dijo que cierto aldeano de Wellbridge que salió aquella noche, ya muy tarde, en busca de un médico, encontró a los novios en los prados, paseando lentamente, sin hablar, uno detrás de otro, cual en funeral procesión, y que por la ojeada que echó a sus rostros pudo inferir que estaban preocupados y tristes. Al volver más tarde volvió a encontrárselos en el mismo sitio, caminando con la misma lentitud y tan indiferentes como antes a lo avanzado de la hora y a la lobreguez de la noche. Y preocupado el lugareño con la enfermedad que dejara en su casa, se olvidó luego del curioso episodio, no recordándolo hasta mucho después.

Entre la ida y la vuelta de aquel lugareño le había dicho Tess a su marido:

—No sé cómo voy a resistir a la idea de hacerte desgraciado por toda la vida. Allá abajo está el río. En él puedo hallar el fin a mis pesares. No tengo miedo.

—No quiero añadir un crimen a mis otros desatinos —dijo él.


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