Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Habían ido a salir a un camino que conducía a las famosas ruinas de la abadía cisterciense, sita a espaldas del molino, que durante siglos estuviera adscrito a la residencia monástica. El molino seguía laborando, que el alimento es necesario siempre; la abadía había perecido; todas las creencias son efímeras, y siempre se ve que el cuidado de lo temporal dura más que el de lo eterno. Por haber paseado en círculo, no se hallaban muy lejos de la casa, y siguiendo las indicaciones de Ángel, no tuvo ella que hacer más que atravesar el gran puente de piedra que cruza el río por lo más ancho de su caudal y recorrer unos cuantos metros de camino. Todo lo encontró al volver según lo había dejado, y aún ardía el fuego. Sólo unos minutos permaneció en la planta baja, subiendo luego a su habitación, donde ya estaba el equipaje. Tess se sentó al borde de la cama, abstraída y con la vista en el vacío, procediendo a desnudarse. Al acercar a su cama la luz, fueron a caer sus rayos sobre el baldaquino de damasco blanco; reparó la joven en que por debajo de él colgaba una cosa y alzó la bujía para ver lo que fuese. Era una ramita de muérdago. Ángel la había puesto allí sin decirle nada. Ésta era la explicación de aquel paquete misterioso que el joven arreglara y trajera con tanto cuidado, sin quererle decir lo que contenía, prometiéndole que pronto lo sabría. Allí lo había colgado Ángel, muy alegre y entusiasta, y ¡qué inoportuno y sarcástico resultaba ahora el muérdago!


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