Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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No teniendo ya nada que temer ni apenas que esperar, pues no abrigaba la menor ilusión de que él depusiera su actitud, se tendió en el lecho aturdida. Las preocupaciones del dolor, una vez apuradas, ceden su puesto al sueño, de igual manera que hay muchas situaciones felices que estorban el reposo. A los pocos minutos perdió Tess la noción de la realidad, envuelta en la aromada placidez de aquella estancia que tal vez en otro tiempo fue cámara nupcial de sus ascendientes.

Más tarde regresó también Ángel a la casa. Entrando suavemente en el salón, cogió una vela, y como quien ha tomado ya una resolución, extendió su manta de viaje en el viejo sofá de crin que allí había, y mal que bien se hizo un lecho provisional. Antes de acostarse se deslizó descalzo por la escalera y se puso a escuchar a la puerta del cuarto de su esposa. Su acompasada respiración demostraba que dormía profundamente.

—¡Gracias a Dios! —murmuró Ángel.

Mas sentía intensificadas sus amarguras con el pensamiento, no más que a medias atinado, de que ella reposaba en aquel momento descuidada y tranquila por haber echado sobre sus hombros la carga de su vida.


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